Los emprendedores productivos, una raza que pelea contra la corriente

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Financiar un proyecto de la economía real disociado de la tecnología es una tarea compleja, pero no imposible; la mayor dificultad para internacionalizarse, la principal contra

El sueño de un Silicon Valley nacional está intacto: cuando un emprendedor argentino incuba las primeras ideas para un negocio novedoso, casi por defecto se piensa en una aplicación móvil, un disruptivo servicio por Internet o portales de comercio electrónico. Si bien las páginas web y las redes sociales son un documento de identidad corporativa indispensable, algunos de los startups que toman vuelo en el país tienen su negocio core fuera de las tentaciones del ciberespacio. Hay lugar para otro, eso sí, el camino hacia el financiamiento no será tan sencillo.

Según el último relevamiento del Observatorio de Emprendedores del gobierno de la ciudad, más de la mitad de los proyectos en los que se invirtió en 2013 son tecnológicos: e-commerce, TIs, software y videojuegos. En el desierto de capitales privados para las startups en general, los procesos fuertemente recostados sobre la Web se llevan buena parte de un ya escueto pastel de fondeo. Sin mesas de ping-pong ni pufs, con abundancia de pallets y cajas, los emprendimientos tradicionales corren distinta suerte a la hora de buscar financiamiento.

“El abaratamiento de costos en proyectos de base tecnológica permite que con 50.000 dólares se desarrolle una plataforma bien hecha y poner online el servicio, cuando hace 20 años la inversión de base podía llegar a diez veces ese monto”, dice Juan Manuel Menazzi, director del Centro de Emprendedores del ITBA, y agrega: “Los emprendimientos que no aprovechan esta competitividad notable tienen otro tipo de dificultades, lo que de plano no excluye oportunidades interesantes. El problema es que van a contramano de la tendencia mundial y de la hoja de ruta de los inversores que prefieren poner su dinero en aquellos que toman ventaja de los costos bajos de la tecnología”.

“Las aceleradoras no invierten hoy su capital en algo que no sea de orden tecnológico” -aclara Alejandra Vivas, directora del Observatorio de la ciudad-. Tienen mayor potencial de escalamiento, alto impacto e internacionalización. A grandes rasgos, son los que pueden mover la aguja del desarrollo económico. El programa de financiamiento de la Ciudad está mayormente vinculado a esos proyectos.”

Según Menazzi, buena parte de las oportunidades en este tipo de startups radica en los negocios integrados en la base de la pirámide. Con experiencia en el sector social, Victoria Pietroboni (31) fundó en 2013 Médicos de Casas, una alternativa para asesorar en construcción en barrios humildes donde la oferta arquitectónica es escasa. El equipo está integrado por ocho personas, entre profesionales y estudiantes. ¿Son rentables? No aún.

La creadora explica los fundamentos del negocio: “La inversión de capital que destinan los sectores populares a la vivienda es enorme en términos proporcionales. Lo que sucede es que la hacen como pueden, sin asesoramiento profesional, lo que trae como consecuencia errores en la construcción. Faltan terminaciones, hay humedad, no tienen aislaciones. ¿Cómo les das acceso a un asesoramiento? El modelo de Médicos de Casas es estar en el lugar donde otros no llegan. El arquitecto tradicional no va a los barrios”.

“La casa crece de manera modular: se empezó con una parte, luego sumaron un cuarto y como tienen el terreno añadieron años después una nueva pieza allí. El problema es que, a falta de planificación, para pasar al segundo cuarto hay que atravesar el primero; nunca se pensó en un pasillo. Estas cosas, en la funcionalidad diaria, afecta la calidad de vida”, dice Pietroboni.

La inversión inicial fue con fondos propios. Para dar un salto empresarial, necesita financiamiento en los próximos dos años por un total de US$ 100.000, tanto para personal a tiempo completo como para tecnología que optimice los niveles de gasto. No obstante, aclara: “No existe demasiado capital de riesgo aquí para cuestiones sociales. Los negocios en la base de la pirámide no suelen ser tan atractivos, ya que requieren una construcción de confianza y son difíciles y graduales. Es una apuesta a largo plazo”.

En un SUM de un edificio de Núñez tuvo su primera fase de testeo Eureka desafío de escape, el proyecto de entretenimiento que un grupo de amigos importó del exterior, en el que las personas son encerradas bajo llave en una habitación y deben encontrar la salida sobre la base de una serie de pistas detectivescas. ¿Inversión inicial? Los bienes en casas de los dueños y familiares. ¿Objetivos? Afianzar una imagen corporativa, un local propio de mayor extensión y una explotación de un ya provechoso margen por hora de servicio. ¿El disparador? Financiamiento

“Comer bien y rico no debería ser excluyente”, dice el ex Coto Nito Anello (33), miembro de EmprendING -de la Facultad de Ingeniería de la UBA- y cofundador de Zafran, una joven compañía de snacks naturales que quiere cerrar el año con una facturación de cuatro millones de pesos. Compran el trigo y lo muelen en La Plata. En el laberíntico Parque Chas tienen una oficina-depósito desde donde gestionan las operaciones. “Es un depósito no techie, más bien feo, más bien un depósito. Hay cajas de pasas de uva, de productos terminados, materia prima. El ejercicio que hacemos es moviéndolas”, se ríe Anello.

“El emprendimiento tecnológico es tal vez más imaginable, pero la economía argentina se mueve mayormente por bienes y servicios, lo que deja muchísimo espacio para construir. La capitalización es más difícil dado el atractivo potencial de crecimiento de las tecnológicas. En las startups de ese estilo, los inversores hablan de estrategias de salida: armar la empresa para venderla. En este caso, el inversor debe entender que entra en algo donde el dinero se recuperará por el crecimiento de la compañía, y eso implica un largo y arduo proceso”, dice Anello.

Desde su oficina en Nueva York, la cofundadora de Hickies, Mariquel Waingarten (33), sintetiza la mecánica de un startup no tecno: “Es una inversión donde la viralidad no existe, no hay atajos. Si se hace masivo es porque la empresa estuvo trabajando entre cinco y siete años para llegar a ese punto”. Con su marido, a quien le disgustaba la idea de atarse los cordones de forma regular, diseñaron un sustituto elástico aggiornado a la moda y llevan vendidos, cuenta, un millón y medio de packs en varios países.

Menazzi, del ITBA, resume la relación riesgo-retorno: “Los inversores de base tecno invierten con alto nivel de riesgo. A cambio exigen un porcentaje elevado del patrimonio. Quieren vender en un horizonte temporal y multiplicar su inversión en dos o tres años. Asumen el riesgo de que el proyecto no funcione y se pierda todo. Cuando los emprendimientos son productivos, hay bienes de capital que quedan y mitigan los efectos de un fracaso. Los modelos tradicionales no tienen la posibilidad de escalamiento de las empresas tecno por las limitaciones físicas de capacidad. Una firma, quizá, consiga muchos clientes por contactos, pero si uno estratégico solicita de un día para el otro cinco millones de piezas, la empresa no tiene la estructura para responder”

 

Fuente LA NACION 

 

 

 

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